Durante miles de años, la inteligencia fue considerada una propiedad exclusivamente humana. El ser humano podía construir herramientas, levantar ciudades, dominar animales, navegar océanos y transformar el planeta, pero ninguna de sus creaciones parecía capaz de hacer algo que él consideraba esencialmente suyo: pensar.
Las máquinas podían calcular, transportar, fabricar, perforar, volar o destruir. Podían ejecutar instrucciones con una velocidad extraordinaria. Pero necesitaban que una persona les dijera qué hacer.
Esa frontera comienza a desaparecer.
La inteligencia artificial está creando máquinas capaces de aprender, analizar información, reconocer patrones, generar textos e imágenes, escribir código, resolver problemas, mantener conversaciones y tomar decisiones dentro de determinados contextos. Todavía existen enormes diferencias entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, pero la dirección del cambio resulta evidente: las máquinas están dejando de ser simples herramientas para convertirse en sistemas capaces de participar en actividades que durante siglos fueron consideradas exclusivamente humanas.
Y esto plantea una pregunta mucho más profunda que la de saber qué puede hacer una determinada aplicación de inteligencia artificial.
La verdadera pregunta es qué ocurrirá con nosotros cuando las máquinas puedan realizar una parte cada vez mayor de aquello que hacemos con nuestra inteligencia.
Esta transformación afectará prácticamente todos los aspectos de la sociedad. Cambiará el trabajo, porque muchas tareas que hoy realizan millones de personas podrán ser automatizadas. Cambiará la economía, porque la productividad de una empresa podrá depender menos del número de trabajadores y más de la cantidad y calidad de sistemas inteligentes que pueda utilizar. Cambiará la educación, porque memorizar información perderá parte de su importancia frente a la capacidad de formular preguntas, evaluar respuestas y trabajar junto a máquinas inteligentes.
Pero la transformación no terminará en las oficinas, las fábricas o las universidades.
También cambiará la guerra.
Durante siglos, las guerras evolucionaron cada vez que apareció una nueva tecnología. La pólvora modificó las armas. El motor transformó los ejércitos. El avión convirtió el cielo en un nuevo escenario militar. La energía nuclear cambió para siempre el concepto de guerra estratégica.
La inteligencia artificial puede representar un cambio de una magnitud similar.
Drones capaces de identificar objetivos, vehículos autónomos, sistemas de vigilancia inteligentes, algoritmos capaces de analizar enormes cantidades de información y armas cada vez más automatizadas están modificando la forma en que los Estados imaginan el campo de batalla. La guerra del futuro podría desarrollarse a una velocidad muy superior a la capacidad humana de analizar cada acontecimiento.
La pregunta entonces dejará de ser únicamente qué ejército tiene más soldados o más armas.
Podría convertirse en otra:
¿Qué ejército tiene mejores máquinas capaces de observar, aprender, decidir y actuar?
Esta posibilidad introduce uno de los dilemas más importantes de nuestro tiempo. Si una máquina puede seleccionar un objetivo, calcular una amenaza y actuar en cuestión de segundos, ¿cuánto control deberá conservar el ser humano? ¿Quién será responsable si un sistema autónomo comete un error? ¿Puede una sociedad permitir que determinadas decisiones militares sean tomadas por algoritmos?
Pero incluso estas preguntas pueden quedar pequeñas frente a una cuestión todavía más profunda.